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Tuesday 27 October 2026

Israel acude a las urnas dividido entre avalar a Netanyahu o apostar por el cambio

3 minutos de noticias · Internacional

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Más de 7,3 millones de israelíes votan en las primeras elecciones desde el 7-O. Ningún bloque parece alcanzar a priori los 61 escaños de la Knesset, aunque la oposición tiene más caminos para lograrlo.

Más de 7,3 millones de israelíes están llamados a las urnas este martes en unos comicios en los que el primer ministro, Benjamin Netanyahu, se juega su continuidad tras cuatro años en el poder marcados por el ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023. Enfrente hay un bloque heterogéneo de fuerzas que, abanderadas por el antiguo jefe del Ejército Gadi Eisenkot, busca desbancarle y poner fin al Gobierno más a la derecha que ha tenido Israel desde su creación en 1948.

Ambos bloques confían en la victoria, pero Eisenkot parece mejor situado al tener más opciones de sumar apoyos.

Netanyahu confía en revalidar su mandato, a pesar de que para muchos israelíes es el responsable último de lo ocurrido el 7-O. Pesan sobre él las revelaciones publicadas por varios medios en las últimas semanas, según las cuales fue alertado de antemano de que Hamás iba a atacar y no hizo nada para evitarlo. A esto se suman el retroceso de la democracia en estos cuatro años, el deterioro de la imagen internacional de Israel y un juicio pendiente por corrupción.

Sus opciones pasan por reeditar la coalición de Gobierno junto a sus socios ultranacionalistas Itamar Ben Gvir y Bezalel Smotrich, así como los partidos ultraortodoxos Shas y Judaísmo Unido de la Torá, e incluso atraer a algún otro partido de extrema derecha que le ayude a sumar los 61 escaños que le darían la mayoría en la Knesset.

«Es importante para el Estado de Israel que ganemos», defiende Amichai Chikli, ministro para la Diáspora y miembro del Likud, que reivindica que el primer ministro ha mostrado «verdadero liderazgo» y «agallas», al contrario que los líderes de la oposición, a quienes acusa de estar dispuestos a rendirse a Hamás y de no querer atacar a Hezbolá en Líbano ni a Irán. Chikli admite que no tiene «una bola de cristal» para adivinar el resultado, pero confía en que sea favorable: «En muchas elecciones hemos visto sorpresas, algunas buenas y otras malas».

Enfrente está Eisenkot, jefe del Estado Mayor entre 2015 y 2019, que lidera el partido de centro-derecha Yashar (Recto). El exmilitar ha logrado aglutinar en torno a él a un bloque unido principalmente por su rechazo frontal a Netanyahu, el primer ministro que más tiempo ha ocupado el cargo.

La oposición la conforman también la alianza B’Yachad (Juntos, centro-derecha), que integran Naftali Bennett y Yair Lapid, quienes fueron primeros ministros en el interregno del «gobierno del cambio» en 2021; Los Demócratas, formación resultante de la fusión del histórico Partido Laborista y de Meretz (izquierda), y el partido secular de derecha Yisrael Beitenu, que lidera Avigdor Lieberman, exministro de Exteriores con Netanyahu.

«O el país sigue encabezado por Netanyahu, con la senda peligrosa que ha tomado y que no representa el espíritu de Israel, o ganamos nosotros y traemos el cambio que se necesita», resume Lianne Pollack-David, candidata por el partido de Eisenkot, que se muestra optimista ante la perspectiva de una participación elevada y porque cuentan con el apoyo de quienes votan por primera vez.

La balanza parece decantarse por la oposición

Los sondeos no ofrecen una foto clara de con qué nuevo Parlamento amanecerán los israelíes. Aunque en la recta final Yashar habría tomado la delantera al Likud, y los israelíes parecen decantarse más por Eisenkot que por Netanyahu como primer ministro, ninguno consigue sumar a priori los 61 escaños necesarios, si bien la oposición parece disponer de más opciones para hacerlo.

La llave podrían tenerla los dos partidos árabe-israelíes: la Lista Conjunta (que agrupa a Hadash, Taal y Balad) y la Lista Árabe Unida, que en su momento formó parte de la coalición que lideraron Bennett y Lapid en 2021. Los primeros se han mostrado abiertos a un apoyo desde fuera; los segundos, más pragmáticos, estarían dispuestos a volver a estar dentro del Gobierno, aunque con condiciones.

El escollo es que Eisenkot ya ha dicho que no quiere el apoyo de los partidos árabe-israelíes, quizás por la demonización que ha hecho de ellos Netanyahu y por la mala prensa que en general tienen desde el atentado de Hamás. Tampoco entre sus aliados hay un interés desmedido por ese respaldo, aunque sea externo, con la salvedad de Los Demócratas, que no lo ven con malos ojos, especialmente en lo relativo a la Lista Árabe Unida.

Por su parte, Netanyahu solo puede aspirar a sumar los cuatro escaños que obtendría el partido Pueblo de Israel (derecha), que lidera el general Ofer Winter, si consigue superar el umbral del 3,25% de los votos, algo que no parece garantizado. Por eso el primer ministro ha pedido expresamente a esa formación que se retire, petición a la que no han accedido.

Otras opciones para llegar a la mayoría

En un escenario político tan volátil como el israelí, donde los partidos y las coaliciones nacen y mueren cada pocos años, también se abre la posibilidad de que se rompan las alianzas en el voto de confianza al nuevo Gobierno en la Knesset.

El propio Eisenkot apuntó en este sentido: en caso de no sumar los 61 escaños, solicitaría el apoyo tanto del Likud como del resto de partidos sionistas, y no descartó una «abstención estratégica» por parte de alguno de los partidos ultraortodoxos. Pollack-David puntualizó que ninguno de estos partidos apoya los principios en torno a los que se ha forjado el bloque opositor, entre ellos la obligatoriedad de enrolarse en el Ejército: «Mientras siga siendo el caso, no podrán formar parte del Gobierno».

Desde Juntos aseguran que trabajan para no tener que «mirar a ninguno de los dos extremos», ni árabe-israelíes ni ultraortodoxos. El exministro Eitan Ginzburg, candidato a la Knesset, plantea una tercera vía, en la que una parte del Likud diga que no quiere más Netanyahu y respalde a la oposición, aunque evita dar más pistas: «Habrá que ir caso por caso».

En realidad, el líder de Yashar solo necesita una mayoría simple, es decir, más votos a favor que en contra, para sacar adelante un Gobierno en minoría que, a priori, sería más inestable. Eso sí, le daría tiempo para ganar estatus político, a él, que perdió a uno de sus hijos en los primeros días de la ofensiva contra Gaza tras el 7-O, y volver a la carga si hubiera nuevas elecciones en unos meses.

¿Gobierno de unidad?

Para evitar ese escenario si no hay un ganador claro, en la recta final han surgido voces que piden un gobierno de unidad entre Netanyahu y Eisenkot como la mejor salida para un país claramente dividido. Eisenkot prometió «inequívocamente que no serviré bajo Netanyahu en un acuerdo de rotación, punto», descartando un pacto para rotar el puesto de primer ministro como hicieron Bennett y Lapid con «Bibi» dentro, aunque sin cerrarse a acordar con el Likud.

Tampoco parece ser esta una opción del agrado de los israelíes. Según un sondeo publicado el viernes por el Instituto Israel para la Democracia, una mayoría prefiere la repetición electoral antes que un gobierno de unidad o un gobierno en minoría. Así, el 35% de los judíos y el 46% de los árabes prefieren volver a votar; el 28% de los judíos y el 9% de los árabes se decantan por un gobierno de unidad con rotación de primeros ministros, y el 23% de los judíos y el 25% de los árabes prefieren un gobierno en minoría.