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Monday 26 October 2026

La extensión del horario de voto en la segunda vuelta de Brasil abre la puerta a su anulación

3 minutos de noticias · Internacional

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Lula y Flávio Bolsonaro siguieron descalificándose el mismo día de la votación, mientras el recuento se suspendía por el caos. Los problemas con el transporte público y las pegatinas en Salvador completan una jornada inédita en la democracia brasileña.

El horario electoral se amplió dos horas en la segunda vuelta presidencial de Brasil, en una jornada de tensión máxima marcada por el mal tiempo en amplias regiones y por las dificultades del transporte público en varios estados. El Partido Liberal, de Flávio Bolsonaro, y el Partido de los Trabajadores (PT), del presidente Luiz Inácio Lula da Silva, recurrieron al Tribunal Superior Electoral (TSE) para pedir la extensión.

La decisión de Cristiano Zanin, miembro del Supremo Tribunal Federal (STF) y exabogado de Lula, se conoció después de las 17:00 (21:00 en España), cuando las urnas ya se habían cerrado. En algunos colegios se seguía votando por las filas, pero en la mayoría no quedaban votantes. La televisión registró las quejas de ciudadanos que encontraron los colegios cerrados: «He intentado votar dos veces y no pude».

El Tribunal Regional de Amazonas declaró «inaplicable» la orden del STF, que varios responsables estatales aseguraron no haber recibido por canales formales. El estado de Mato Grosso do Sul informó de que todas las urnas electrónicas ya estaban cerradas y no se reabrirían. En algunos colegios se analizó aceptar votos en papel, firmados y certificados.

Según Globo News, el equipo de Lula presentó el pedido al TSE a las 13:30. Al no obtener respuesta, a las 15:00 lo elevó al STF. Edson Fachin, presidente del STF, tardó hora y media en decidir quién se ocupaba, y la orden llegó a Zanin a las 16:32. Es algo inédito en la era democrática brasileña, iniciada en 1985.

El voto es electrónico en Brasil y los procesos electorales suelen cumplirse con celeridad. Pero la dejación de funciones del presidente del TSE, Kássio Nunes Marques, y del STF, dos instituciones que ya venían siendo cuestionadas, abre la puerta a múltiples impugnaciones, porque unos ciudadanos pudieron votar y otros no.

Fernando Neisser, experto de la Fundación Getulio Vargas (FGV), señaló: «Dado que la decisión [de ampliar el horario] se tomó en un momento en el que algunas urnas ya estaban cerradas y otras seguían abiertas con filas, esto supone una disparidad entre los distintos colegios electorales». Y añadió: «Habrá que ver cómo se gestiona esto y cómo se refleja en el recuento total. Pero, sin duda, abre la posibilidad de que se solicite la anulación de la segunda vuelta, con su celebración posterior, dentro de una o dos semanas».

El caos llegó también al recuento, que ya había comenzado y que el STF difundía con un 0,25% de los sufragios escrutados. Minutos después se suspendió hasta las 19:00.

La situación se gestó en Salvador, capital de Bahía, feudo electoral de la izquierda. Por la mañana, unos 75 autobuses no pudieron salir de las cocheras por llevar pegatinas con el número 13, la candidatura de Lula. Según Folha de S.Paulo, fueron 252 en total. El presidente del Tribunal Regional Electoral, Maurício Kertzman Szporer, llegó a ordenar la «detención inmediata» de Pablo Souza, secretario municipal de Movilidad, que no fue detenido porque estaba en París.

El alcalde de Salvador, Bruno Reis, de Unión Brasil, un partido de derechas aliado del bolsonarismo, defendió la decisión: «Los sindicalistas querían obligar a que todos los autobuses salieran con pegatinas con el número 13, del PT, y eso es un delito electoral. No podíamos aceptar eso, así que los autobuses solo salieron después de que se retiraran las pegatinas».

Una vez retiradas las pegatinas, el transporte se normalizó. La situación se repitió, con más o menos intensidad, en Sao Paulo, Maceió, Belém, Recife, Teresina y São Gonzalo. Según O Globo, los usuarios denunciaron en redes sociales largas demoras y el cobro de billetes, en una jornada en la que el transporte era gratuito. Los problemas perjudican más a la izquierda, porque muchos de sus votantes dependen del transporte público.

Lula y Flávio Bolsonaro no tuvieron dificultades para votar y, el mismo día, siguieron haciendo campaña y descalificando al adversario. Lula, al votar por la mañana en São Bernardo do Campo: «Nunca imaginé disputar una elección con una persona tan descalificada moralmente, éticamente. Disputar una elección con un miliciano. Él fue educado para mentir». Su esposa, Janja, insultó a un periodista que le dijo a Lula que lo veía desanimado.

Flávio Bolsonaro, que votó en Río de Janeiro, dio el cambio por hecho: «Ha llegado la hora del cambio, Brasil ya no puede más, la vida de todo el mundo ha empeorado. La esperanza se ha convertido en miedo». En Miami votó su hermano Eduardo, exdiputado autoexiliado desde el año pasado. Ovacionado en el consulado, Eduardo aseguró que su reciente comentario en un podcast estadounidense, en el que sugirió el envío de marines a Brasil si su hermano perdía, era una broma, y añadió: «Cualquier persona que trabaje por la libertad tiene miedo de estar en Brasil hoy en día».

Las encuestas marcaban paridad extrema, tras una primera vuelta en la que Bolsonaro ganó por 47% frente a 45%. Nunca desde las primeras elecciones presidenciales directas de 1989 un candidato que perdió la primera vuelta había ganado la segunda. Lula buscaba esa remontada para gobernar, por cuarta vez, de los 81 a los 85 años. Las encuestas hablaban de empate técnico, y la campaña de Lula mejoró mucho tras los errores de la primera vuelta. Flávio confiaba en el voto oculto y en la ola derechista que recorre América Latina.

La izquierda insistió en que Flávio Bolsonaro, senador de 45 años, nunca tuvo un trabajo de verdad ni se subió a un autobús, y que todo lo que tiene es por ser hijo de Jair Bolsonaro, líder de la derecha, hoy en prisión por liderar un fallido golpe de Estado, a quien su hijo ha prometido amnistiar si accede al poder. Pero Flávio logró una campaña sin grandes errores, con prestancia televisiva y una propuesta de futuro que a Lula le costó articular.

Lula nació en un hogar miserable del nordeste, donde nueve integrantes de la familia compartían a turnos un único colchón. Se mudó a São Paulo, trabajó como obrero metalúrgico, se convirtió en un potente dirigente sindical y en 2002 ganó por primera vez la presidencia tras tres intentos fallidos.

Unos 159 millones de brasileños estaban convocados a las urnas para decidir si dan a Lula una nueva y última oportunidad, o si vuelven a abrir las puertas al clan Bolsonaro y a un giro de 180 grados en la novena economía del planeta.