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Jueves, 24 de septiembre de 2026

Brad Pitt y un perro traumatizado luchan por sobrevivir en En el corazón de la bestia

3 minutos de noticias · Cultura

Brad Pitt protagoniza una cinta de supervivencia en Alaska donde acompaña a un perro traumatizado tras ser camaradas de combate. El director David Ayer mezcla acción efectiva con una inquietante exaltación militarista que rehúye toda crítica moral sobre el pasado combatiente del protagonista.

El director David Ayer ha confeccionado una cinta de aventuras y supervivencia alrededor de Brad Pitt, quien interpreta a un excombatiente que se ve obligado a sobrevivir en los bosques de Alaska tras sufrir un infarto mientras pilotaba su avioneta. No está solo: le acompaña Odín, un pastor alemán procedente de Nueva Zelanda que, interpretado “con un rigor de método”, porta una prótesis en una de sus patas.

Lo que sigue es una dirección enérgica, vibrante y musculosa que muestra a un Brad Pitt que “aún aguanta enérgico, vibrante y musculoso” enfrentándose a la naturaleza salvaje: osos, lobos, alces y ríos caudalosos. El perro, adornado con “una mirada acuosa” y el cartel de “Acariciame” en los ojos, resulta ser lo mejor de la película. Ayer y Pitt ya habían coincidido en Corazones de acero, un drama bélico de la Segunda Guerra Mundial.

Las escenas de acción resultan tan efectivas como impactantes, y el blockbuster mantiene la entretenida ligereza que se promete. Sin embargo, los problemas llegan con las subtramas que soportan la acción y dan “una pereza descomunal”. A diferencia de Cuando todo está perdido, donde el director se permitía cierta austeridad narrativa, En el corazón de la bestia no para de explicarlo todo: el protagonista comparte con el perro un estrés postraumático; ambos fueron camaradas de combate; su viaje no es de expiación, sino para relajarse bebiendo cerveza belga.

Lo patético no es el contenido en sí, sino cómo se presenta. Entre las escenas de supervivencia, el director inserta recuerdos de guerra en color sepia, subrayando todo innecesariamente. Hay escenas de crítica clara: nuestros héroes no penan por sus víctimas, sino únicamente por los compañeros caídos. Lo que emerge es una exaltación militarista poco edificante, un entretenimiento que rehúye cualquier amago de autocrítica sobre el pasado combatiente del protagonista.

La humanidad del actor y la caninidad del perro se equilibran desigualmente. Al fin y al cabo, al perro le entrenaron para matar y no lo eligió; su conciencia depende apenas del tamaño del premio. Con el humano, la responsabilidad es mayor. En conjunto, una película efectiva en su acción pero problemática en sus posiciones morales implícitas.