Lunes, 12 de octubre de 2026
Ceuta espera la visita de los Reyes con barrios en pánico y más de 6.000 migrantes todavía en la ciudad
3 minutos de noticias · Sociedad
El Gobierno admite más de 6.000 migrantes todavía en la ciudad, el Ejecutivo ceutí eleva la cifra hasta 15.000 y el Gobierno central no ha consumado ninguna expulsión.
Mina, de 80 años, vive en el corazón de Los Rosales, una de las barriadas periféricas de Ceuta que más sufre las consecuencias de la entrada masiva e ilegal de más de 80.000 migrantes por la frontera del Tarajal a finales de julio. Se apoya en su bastón y apenas sale de casa, para “estirar las piernas”, porque tiene miedo. “Por la noche hay ruido todo el tiempo, hay peleas, la cosa está fatal”, dice.
A unos pasos de su casa hay una tienda de campaña improvisada con lonas, cuerdas y palos que cubre un colchón. En la plaza central del Poblado de Regulares, a apenas 50 metros, hay un campamento entero. El poblado se levantó para albergar a militares del cercano cuartel González Tablas.
En la última semana, coincidiendo con el desalojo del asentamiento de El Trampolín, se ha disparado el número de migrantes que se esconden en las callejuelas de las barriadas, así como las molestias y la inseguridad que denuncian los vecinos. Hay adultos, pero también varias decenas de menores que vagan sin cobijo y a los que los vecinos del Poblado de Regulares dan comida y ropa. La situación podría empeorar después de que ayer la Policía desalojara El Guano, el último gran asentamiento de migrantes, en vísperas de la visita real.
En la playa de El Trampolín se hacinaban más de 3.000 personas hasta su desalojo. La mayoría fueron conducidas por la Policía al centro de identificación y, según la versión oficial, varios cientos decidieron volver voluntariamente a Marruecos. Pero se cuentan por centenares los que se escabulleron y se reparten ahora por Los Rosales, Hadú, El Príncipe, el Sarchal o Sidi Embarek.
También en los montes que rodean la ciudad se han instalado decenas de tiendas. Esma, marroquí de Castillejos, su pareja Jamal y la hija de ella, Fátima, de solo 11 años, plantaron la suya a las puertas del CETI, el Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes, y del campamento de la Caballería, ambos con el cartel de completos, con la esperanza de que alguien les diga que pueden entrar. Esma, de 40 años, huyó de su exmarido y muestra una cicatriz que, según asegura, es prueba de los malos tratos. “No podemos volver, la Justicia de mi país no hace nada”.
Con neumáticos aseguran los plásticos de las chabolas que han brotado en las naves del Tarajal, colindantes con la frontera que se asaltó hace algo más de dos meses. Muchos de los desalojados de El Trampolín se han asentado allí, y es ahora el mayor asentamiento chabolista de migrantes de la ciudad.
Cuando los Reyes Felipe VI y Letizia lleguen este martes a Ceuta, habrán pasado 76 días desde el “ataque a la integridad territorial” que, tal como lo definió el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, sufrió España. En esos dos meses, dos semanas y dos días, muchos de los más de 80.000 migrantes que asaltaron la frontera (la cifra sigue en discusión) regresaron a Marruecos, pero muchos también se quedaron.
El Gobierno, pese a presumir de cada regreso voluntario, admite más de 6.000 migrantes todavía en la ciudad. El Ejecutivo ceutí de Juan Jesús Vivas eleva la cifra a 13.000 o incluso 15.000. Son demasiados para unos campamentos que no tienen ni una cama libre, y en todos ellos se ven hombres, mujeres y niños esperando una plaza imposible.
La presencia policial y militar sigue siendo, pese al tiempo transcurrido, tan necesaria como distópica. Soldados custodian los accesos a los supermercados, las batidas de los Antidisturbios son frecuentes y los vehículos del Ejército de Tierra forman parte del tráfico habitual.
“Estamos muy lejos de la normalidad”, certifica Francisco Galán, presidente de la asociación de vecinos del Puerto, conocido como Paquirri. Su barrio, frente a la terminal de pasajeros, está cerrado desde que se instaló el campamento cercano en terrenos portuarios. Solo se puede entrar o salir por uno de los seis accesos; los otros cinco están vallados para “evitar problemas”. Galán dice que la ciudad está algo más controlada que hace uno o dos meses, pero insiste en que “la tranquilidad no puede llegar hasta que se vaya el último invasor”.
Los ceutíes, que así se autodenominan, usan sin dudar la palabra invasión para lo ocurrido los días 30 y 31 de julio, y la de invasores para los migrantes que aún permanecen en la ciudad y han roto “la paz” en la que vivían. Lo coincide Ramesh Chandiramany, representante de la comunidad hindú, una de las cuatro que conviven en la ciudad junto a la cristiana, la católica y la judía. Chandiramany se duele de la crisis, duda de que la normalidad regrese pronto y tiene claro que “esto se va a quedar, es una herida abierta y difícil de cicatrizar”. Más de dos meses y medio después, afirma, los ceutíes se siguen sintiendo “abandonados”. “La gente no puede salir a la calle con tranquilidad, es de una tristeza difícil de imaginar”.
Está también el efecto económico. La familia de Chandiramany, que tiene negocios de importación y exportación, lo ha sufrido. Según los datos del Gobierno de Ceuta, las pérdidas alcanzan hasta 40 millones de euros solo en el comercio, y el turismo, según el vicepresidente ceutí Alejandro Ramírez, “ha desaparecido”.
Ramírez se basa en datos para mostrar su pesimismo. El Gobierno central ha terminado cerca de 4.000 expedientes, pero no se ha consumado ninguna expulsión. “Todo va muy lento, no hay un horizonte claro para recuperar la normalidad”, denuncia. “Hay que echarlos a todos”.
Eso mismo piden los ceutíes acampados en la plaza Virgen de los Reyes, frente a la sede de la Delegación del Gobierno, en lo que llaman el mini-Trampolín. Seguirán allí, según Estefanía Fernández, una de sus portavoces, “hasta que no se vaya el último inmigrante”. “Queremos la expulsión de todos los que han entrado ilegalmente”.
La visita real, la primera de los actuales monarcas a Ceuta, se espera con “ilusión”, aunque sin engaños. Servirá, dice Fernández, para reivindicar “la españolidad de Ceuta, que es España y es Europa”, pero cuando los Reyes se marchen la vida en la ciudad seguirá siendo de todo menos normal.