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Miércoles, 7 de octubre de 2026

Francis Halzen gana el Nobel de Física por abrir una nueva ventana al universo con neutrinos

3 minutos de noticias · Ciencia

El Nobel de Física 2026 reconoce los cuarenta años de investigación de Francis Halzen que transformaron el hielo antártico en el mayor observatorio de neutrinos cósmicos, abriendo una nueva ventana para la astronomía que apenas empieza a revelar sus secretos.

El físico belga Francis Halzen, nacido en Tienen en 1944, ha recibido el Premio Nobel de Física 2026 por sus contribuciones decisivas al Observatorio de Neutrinos IceCube y al descubrimiento de neutrinos de alta energía de origen astrofísico. Es el primer científico que recibe en solitario este premio en 34 años y el primero cuyo anuncio ha sido presentado por una mujer: Ellen Moons, primera secretaria general de la Academia Sueca desde su fundación en 1739.

El reconocimiento culmina una idea defendida hace casi cuatro décadas: utilizar el hielo del Polo Sur como un gigantesco detector de partículas.

Del CERN a Wisconsin: una carrera entre dos mundos

Halzen estudió Matemáticas y Física en la Universidad de Lovaina, se doctoró en 1969 y pasó por el CERN. En 1971 llegó a la Universidad de Wisconsin-Madison para una estancia de seis meses que se prolongó más de 50 años, desarrollando una carrera como físico teórico entre la física de partículas y la astrofísica.

A mediados de los ochenta, junto al físico español Enrique Zas, comenzó a investigar el origen de las partículas más energéticas del universo. Los rayos cósmicos alcanzan la Tierra, pero los campos magnéticos desvían su trayectoria y ocultan su procedencia. Los neutrinos ofrecían una alternativa promisoria: sin carga eléctrica, apenas interactúan con la materia y pueden atravesar planetas enteros conservando la dirección de su origen. Su principal inconveniente: son extraordinariamente difíciles de detectar.

La idea de convertir el hielo antártico en detector

Halzen conocía DUMAND, un proyecto que quería instalar sensores en las profundidades del océano para captar la tenue luz producida cuando un neutrino interactúa con la materia. Él y Zas estudiaban cómo detectarlos en hielo. La combinación de ambas líneas originó una pregunta reveladora: si una enorme masa de agua podía servir de detector, ¿por qué no aprovechar el hielo de la Antártida?

A finales de los ochenta, Halzen y John Learned, físico de la Universidad de Hawái, plantearon una propuesta que conduciría al experimento AMANDA. El atractivo radicaba en usar como detector un material ya presente: un volumen inmenso de hielo extraordinariamente transparente. Halzen reconocería años después que tuvo “cierta suerte” de no haber leído entonces el manual de referencia sobre sus propiedades ópticas. De haberlo hecho, probablemente habría descartado la idea por la absorción de luz. Las pruebas demostraron que a gran profundidad desaparecían las burbujas y el hielo era mucho más transparente de lo previsto.

Esta experiencia le enseñó una lección que aún repite a sus estudiantes: “No leáis demasiados libros; haced cosas”, una defensa de la curiosidad antes de que el conocimiento acumulado se convierta en obstáculo. A sus cincuenta años, retomar un campo que no dominaba le hizo sentirse “casi veinte años más joven”.

IceCube: del concepto al mayor observatorio de neutrinos

AMANDA confirmó que la estrategia funcionaba y abrió el camino a IceCube. Sus sensores quedaron congelados en agujeros perforados a más de dos kilómetros de profundidad. El observatorio, completado en 2011, ocupa un kilómetro cúbico de hielo y reúne a unos 450 científicos de 58 instituciones y 14 países.

Halzen nunca ha estado en la Antártida. No ha querido ocupar una de las escasas plazas de la estación, necesarias para ingenieros y técnicos que operan el detector. Cuando IceCube adquirió escala propia de física experimental, quiso apartarse de la dirección, pero la NSF, que financió el proyecto, le pidió que continuara al frente.

El descubrimiento de una nueva ventana al universo

En 2013, IceCube presentó las primeras evidencias de neutrinos cósmicos de altísima energía procedentes de fuera del Sistema Solar, demostrando que podían utilizarse como una nueva forma de observar el universo. Al conocer el Nobel, Halzen recordó que “ningún físico conservador respetable” habría querido sumarse a una aventura cuyo éxito no podía garantizarse.

Desde entonces, el observatorio ha relacionado algunos neutrinos con núcleos activos de galaxias y ha detectado señales de nuestra propia galaxia. Sin embargo, la gran pregunta de qué objetos producen esos neutrinos y qué mecanismos los aceleran hasta energías extremas sigue abierta. “La astronomía todavía tiene que comenzar”, afirmó Halzen tras conocer el Nobel. Sobre lo que todavía pueden revelar estas partículas fue igual de prudente: “No puedo responder todavía a esa pregunta”.

IceCube ha demostrado que la ventana existe; ahora falta descubrir qué puede verse a través de ella.